Tragedias I
Tragedias I ODISEO. —Fue obra de un dios, no hay que echar 285 la culpa a ningún mortal. (En actitud suplicante). Nosotros, oh noble hijo del dios del mar, te suplicamos y te hablamos con franqueza, ¡no oses matar a quienes han venido a tu cueva como amigos ni hacer de ellos impÃa comida para tus mandÃbulas! Nosotros, que 290 hemos defendido las sedes de los templos en las profundidades de Grecia, señor, para que tu padre los conserve[25]. Intacto permanece el puerto santo de Ténaro[26] y los promontorios ocultos del cabo Malea, y salva está la roca de las minas de plata de la divina 295 Atenea en Sunio y los refugios de Geresto[27]. No hemos entregado la Hélade a los frigios —¡vergüenza absurda!—. Tú también participas de estos beneficios, pues habitas en las profundidades de la tierra griega, al pie del Etna[28], la roca que destila fuego. (Ante un gesto del CÃclope rechazando estos argumentos). Existe la costumbre entre los mortales, si no admites mis 300 razones, de acoger como suplicantes a los que sufren los embates del mar, entregarles dones de hospitalidad y socorrerlos con vestidos, pero no la de clavarlos alrededor de asadores que se usan para ensartar a los bueyes y llenar asà tu estómago y tu mandÃbula. Bastante viuda dejó la tierra de PrÃamo a la Hélade, 305 bebiendo la sangre de muchos cadáveres derramada a golpes de lanza, y perjudicó a esposas sin maridos, a ancianas sin hijos y a canosos padres. Y si tú quemas a todos los supervivientes para consumirlos en un cruel banquete, ¿dónde podrÃa hallar salvación 310 alguno? Vamos, créeme, CÃclope. Frena la avidez de tu mandÃbula, prefiere la piedad a la impiedad, pues las ganancias vergonzosas responden con castigo a la mayorÃa de los hombres.