Tragedias I
Tragedias I HERMÍONE. —El adorno de una diadema de oro en mi cabeza y este atavío de mi cuerpo, revestido por un peplo de vivos colores, no vengo aquí a lucirlos 150 como presentes de la casa de Aquiles ni de Peleo; sino que mi padre Menelao me hace este regalo traído de la laconia tierra de Esparta junto con mucha dote, que me permita tener la boca libre. Por tanto, 155 os contesto con estas palabras. Tú que eres una esclava y una mujer capturada por la lanza quieres apoderarte de esta casa tras expulsarme a mí. Me hago odiosa a mi marido a causa de tus drogas, y mi vientre no preñado se pierde por culpa tuya. Pues hábil es el ingenio de las mujeres del continente[12] para 160 tales asuntos. De los que yo te apartaré, y de nada te servirá esta casa de la Nereida, ni el altar, ni el templo, sino que vas a morir. Pero si alguno de los mortales o de los dioses quiere salvarte, tú debes acurrucarte y olvidar tu feliz orgullo de antaño, caer humilde 165 a mis rodillas, barrer mi casa esparciendo con tu mano rocío del Aqueloo[13] desde vasijas trabajadas en oro, y saber en qué lugar de la tierra estás. Pues no está aquí Héctor, ni Príamo, ni su oro, sino una ciudad helena. Has llegado a tal punto de inconsciencia, 170 desdichada de ti, que te atreves a acostarte con el hijo de quien mató a tu esposo y a parir hijos de su asesino. Así es toda la ralea extranjera. El padre se une con la hija, el hijo con la madre, la muchacha con el 175 hermano, los seres más queridos mueren por asesinato, y la ley no impide ninguna de estas cosas. Y no pretendas introducirlas entre nosotros; pues no está bien que un hombre tenga las riendas de dos mujeres; sino que mirando a una sola Cipris[14], protectora del lecho, aman quienes quieren vivir decentemente. 180