Tragedias I

Tragedias I

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PELEO. —¿Te cuentas tú entre los hombres, oh 590 malvadísimo e hijo de malvados? ¿En qué te corresponde a ti contarte entre hombres? Tú que fuiste privado de tu esposa por un frigio, por haber dejado las salas de tu hogar sin cerrojo y sin esclavos, como, si tuvieras en palacio una mujer prudente, y no la peor de 595 todas. Ni aunque quisiera, podría ser casta una de las muchachas espartanas, las cuales, tras abandonar sus casas, tienen carreras y palestras, insoportables para mí, en comunidad con los jóvenes, con los muslos desnudos y los peplos sueltos. ¿Hay que admirarse, 600 entonces, de que no forméis mujeres castas? Habría que preguntarle eso a Helena, que, abandonando tu hogar, se fue de juerga desde tu palacio con un hombre joven hacia otro país. ¿Y, luego, a causa de ella 605 reuniste un ejército tan numeroso de helenos y los condujiste hacia Ilion? ¿Por la que tú no debiste mover una lanza, escupiéndola al descubrir que era malvada, sino dejar que se quedara allí dando un salario para no recibirla jamás en tu casa? Pero al no alentar 610 tu pensamiento en esa dirección destruiste muchas vidas dignas, dejaste ancianas privadas de sus hijos en sus casas y quitaste sus nobles hijos a padres 615 canosos. Un desgraciado entre esos muchos soy yo. A ti te miro como un espíritu maligno asesino de Aquiles. Tú, el único que regresaste de Troya sin quedar herido siquiera; tus hermosísimas armas en sus hermosos estuches iguales hacia allí y hacia aquí las trajiste. 620 Yo le decía al que se iba a casar[28a] que ni anudara lazos de parentesco contigo ni aceptara en su casa la cría de una mala mujer, pues sacan ellas los defectos de sus madres. Considerad eso también, pretendientes: tomad la hija de una buena madre. Además de eso, 625 ¿qué excesos cometiste contra tu hermano, ordenándole que degollara a su hija del modo más estúpido? Tanto temiste no recuperar a tu malvada esposa. Y habiendo tomado Troya —pues iré hasta allí en pos de ti— no mataste a tu mujer al tenerla en tus manos, sino que, en cuanto viste su pecho, arrojando tu 630 espada aceptaste sus besos, acariciando a la perra traidora, porque eres por naturaleza un derrotado por Cipris, oh tú, malvadísimo. Y, después habiendo venido a casa de mi hijo, tratas de devastarla, mientras él está ausente, y de matar deshonrosamente a una infeliz mujer y a su hijo, el cual te hará llorar a ti 635 y a tu hija que está en el palacio, aunque él fuera tres veces bastardo. Muchas veces, en verdad, un terreno seco supera en grano a otro fértil, y muchos hijos bastardos son mejores que los legítimos. Pero llévate a tu hija. Es más glorioso para los mortales 640 adquirir como suegro y amigo un pobre bueno que uno malvado y rico. Y tú no vales nada.


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