Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha Fuese Sancho, y quedó el buen hidalgo levantada la mollera con el nuevo refresco que Sancho le trajo a la memoria de las desvanecidas caballerÃas. Cerró el libro y comenzó a pasearse por el aposento, haciendo en su imaginación terribles quimeras, trayendo a la fantasÃa todo aquello en que solÃa antes desvanecerse. En esto tocaron a vÃsperas, y él, tomando su capa y rosario, se fue a oÃrlas con el alcalde, que vivÃa junto a su casa; las cuales acabadas, se fueron los alcaldes, el cura, don Quijote y toda la demás gente de cuenta del lugar a la plaza, y, puestos en corrillo, comenzaron a tratar de lo que más les agradaba. En este punto vieron entrar por la calle principal en la plaza cuatro hombres principales a caballo, con sus criados y pajes, y doce lacayos que traÃan doce caballos de diestro ricamente enjaezados; los cuales, vistos por los que en la plaza estaban, aguardaron un poco a ver qué serÃa aquello, y entonces dijo el cura, hablando con don Quijote:
—Por mi santiguada, señor Quijada, que si esta gente viniera por aquà hoy hace seis meses que a vuesa merced le pareciera una de las más estrañas y peligrosas aventuras que en sus libros de caballerÃas habÃa jamás oÃdo ni visto; y que imaginara vuesa merced que estos caballeros llevarÃan alguna princesa de alta guisa forzada; y que aquellos que ahora se apean eran cuatro descomunales gigantes, señores del castillo de Bramiforán el encantador.