Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha »—Yo, señora, no pido nada —replicó él—; que no querrÃa me sucediese lo de anoche, de dar pesadumbre a vuesa merced.
»—Sin duda —dijo ella—, que debe de ser, según se le hace de mal el decirlo, algún pie de monte de oro.
»—No es —respondió don Gregorio— sino una mano de plata, que tales son las blanquÃsimas de vuesa merced, para besarla por entre esta reja.
»—Aunque haya sido atrevimiento, señor don Gregorio —replicó la priora—, no dejaré de usar desa llaneza y libertad por haberlo prometido.
»Y, sacando de un curioso guante la mano, la metió por la reja, y don Gregorio, loco de contento, la besó, haciendo y diciendo con ella mil amorosas agudezas, y ella le dijo:
»—Agora, ¿estará vuesa merced contento?
»—Estoylo tanto —replicó el nuevo amante—, que salgo de juicio, pues con esto cobro nueva vida, nuevo aliento, nuevo gozo y, sobre todo, nuevas esperanzas de que se lograrán más de cada dÃa las mÃas; y asÃ, podré decir está todo mi ser en la mano de vuesa merced, en la cual, como pongo los ojos, pongo y pondré mientras viva mis deseos y memorias.