Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —Ese agradecimiento noble estimo yo en nombre destos señores en lo que es razón —replicó don Quijote—; y por él y en nombre dellos, rindo las debidas gracias, ofreciendo en servicio de vuesas mercedes cuanto nuestras fuerzas valieren. Y acompañáramoslos todos con la prisa, aunque voy a la Corte por un forzoso desafÃo, si igualaran los pies deste señor soldado y reverendo ermitaño, con cuyo cansacio me acomodo, obligado de su buen término y mi natural piedad.
Despidiéronse en esto con mucha cortesÃa los unos de los otros, y don Quijote puso el freno a Rocinante, en que subido, comenzó a caminar con el ermitaño y soldado por diferente parte, poco a poco, hacia un lugarejo donde tenÃan determinado quedarse aquella noche, yendo aguardando a Sancho, que se quedó enalbardando su rucio. Entretanto que llegaban al pueblo, platicaron el ermitaño y el soldado sobre los referidos cuentos; y, como eran agudos y estudiantes, pudieron fácilmente meterse en puntos de teologÃa, y uno dellos fue admirándose del siniestro fin que tuvo JapelÃn y el feliz don Gregorio y la priora. En esto, volvieron todos las cabezas, y más don Quijote, que con mucha atención les iba escuchando, y vieron a Sancho Panza, que venÃa muy repantigado sobre su asno. Y, llegándoseles cerca, dijo: