Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha
Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha —¿Qué comediantes o qué nonada? —replicó don Quijote—. ¿Puede haber en el mundo persona que vaya contra mi gusto? Yo os prometo que lo podéis agradecer a aquel sabio mi amigo que aquà me trajo, cuyo mandamiento no es razón que yo quebrante por ningún caso; que, de otra suerte, hoy hiciera un hecho tal, que hubiera memoria dél para muchos siglos.
—Sà hiciera —dijo el mesonero—; pero por agora vuesa merced se entre a cenar, que hace reÃr mucho a la gente que está en la puerta, y se nos va hinchendo la casa de muchachos, de suerte que ya no cabemos en ella.
Y con esto le asió de la mano y le subió a donde Bárbara estaba, con la cual pasó graciosÃsimos coloquios, y no poco entremesados con las simplicidades de Sancho. Cenaron juntos bien y con gusto, y tras ello se fueron todos a reposar, y más don Quijote, que lo habÃa menester por los molimientos pasados en la venta y calle Mayor. Sólo hubo que al acostarse estuvo porfiadÃsimo en querer volver a hacer el brabaje o precioso bálsamo que él decÃa de Fierabrás, para curar las mortales heridas que sentÃa en los dientes; pero fuele imposible hacerlo, porque dio el mesonero, conociendo su locura, en decir no se hallarÃa en el pueblo cosa de cuantas pedÃa.