Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—Haga cuenta vuesa merced —dijo Sancho—, señor de Carlos, que hoy acabamos con ese demonio de gigante que tan cansados nos tiene. Pero, porque entienda mi señor don Quijote que no he recebido en vano el orden de escuderería, digo que yo también quiero hacer batalla delante todo el mundo con aquel escudero negro que dicho gigante trae consigo, a quien yo vi en Zaragoza en casa del señor don Álvaro, porque me parece que no tiene espada ni otras armas ningunas, y que está de la manera que yo estoy. Y así, digo que se las quiero tener tiesas y hacer con él una sanguinolenta pelea de coces, mojicones, pellizcos y bocados; que si es escudero él de un gigante pagano, yo lo soy de un caballero andante cristiano y manchego; y escudero por escudero, Valladolid en Castilla, y amo por amo, Lisboa en Portugal. ¡Mirad qué cuerpo non de Dios con él y con la negra de su madre! Pues guárdese de mí como del diablo, que si antes de entrar en la pelea me como media docena de cabezas de ajos crudos y me espeto otras tantas veces del tinto de Villarrobledo, arrojaré el mojicón que derribe una peña. ¡Oh pobre escudero negro, y qué bellaca tarde se te apareja! Más te valiera haberte quedado en Monicongo con los otros hermanos fanchicos que allá están, que no venir a morir a mojicones en las manos de Panza. Y vuesas mercedes se queden con Dios, que voy a efetuarlo.

Detúvole don Carlos diciendo:


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