Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Apenas le dieron pie para hablar a Sancho, cuando tomó tan de veras la mano a su amo en referir cuanto les había sucedido que jamás le dejó hacer baza, por más que con cólera le porfiaba, contradecía y desmentía. Y así, fue contando lo de Ateca, de ida y vuelta, y cuanto les había pasado en Zaragoza, y con la reina Segovia en el bosque, Sigüenza, venta, Alcalá y hasta la misma corte. Tratóle mal su amo de palabras cuando acabó de decir, y pasaron lindos cuentos sobre la averiguación del de la ataharre, de que rieron de suerte los circunstantes, que se vio obligado don Quijote a decirles:

—Por cierto, señores, que me maravillo mucho de que gente tan grave se ría tan ligeramente de las cosas que cada día acontecen o pueden acontecer a caballeros andantes, pues tan honrado era como yo el fuerte Amadís de Gaula y, con todo, me acuerdo haber leído que, habiéndole echado preso por engaño un encantador y teniéndole metido en una obscura mazmorra, le echó invisiblemente una melecina de arena y agua fría, tal que por poco muriera della.

Levantóse, acabadas estas razones, el Archipámpano de su asiento, temeroso de que tras ellas no descargase don Quijote algún diluvio de cuchilladas sobre todos (que se podía temer dél, según se iba poniendo en cólera); y llegándose a su mujer, le preguntó qué le parecía del valor de amo y criado; y, celebrándolos ella por piezas de rey, le dijo don Carlos:


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