Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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—Por cuanto puede suceder en el mundo, no niegue vuesa majestad, le suplico, señora reina Zenobia, su grandeza, ni la encubra diciendo una blasfemia tan grande como la que agora ha dicho; que ya estoy cansado de oírsela repetir otras veces, y no tomemos en la boca eso de mondonguera; que aun para mí sé yo claramente quién es y su valor, con todo, es necesario la conozca todo el mundo. Vaya Vuesa Alteza a hablar con quien el señor príncipe Perianeo y estos caballeros la ruegan; que entre damas tales cual la Archipampanesa y la infanta, su hija, ha de campear su beldad, pues yo salgo fiador que, en viéndola, la estimen y respeten en lo que merece y todos deseamos.

No se hizo, como cuerda, de rogar más, conociendo lo que debía a don Quijote, y que hasta entonces no le había ido sino bien en condecender con sus locuras, de que se llevaba, por lo menos, el pasar buena vida; y así, ofreció el ir.

Venida la mañana, el Archipámpano salió a misa, llevando consigo a Sancho, al cual preguntó por el camino si sabía ayudar a misa, y respondió diciendo:




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