Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha

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Entró, pues, dicho secretario, tiznada la cara y las manos, y vestido una larga ropa de terciopelo negro, con una grande cadena de oro en el cuello, trayendo juntamente muchos anillos en los dedos y gruesos zarcillos atados a las orejas. En viéndole Sancho, como ya le conocía de Zaragoza, le dijo:

—Seáis muy bien venido, monte de humo; ¿qué es lo que queréis?, que aquí estamos mi señor y yo; y guardaos del diablo, y mirad cómo habláis; que, por vida de mi rucio, que no parecéis sino uno de los montes de pez que hay en el Toboso para empegar las tinajas.

El secretario se puso en medio de la sala y, sin hacer cortesía a nadie, volviéndose a don Quijote, después de haber estado un rato callando, dijo desta manera:

—Caballero Desamorado, el gigante Bramidán de Tajayunque, rey de Chipre y señor mío, me manda venir a ti para que le digas cuándo quieres acabar la batalla que con él tienes aplazada en esta corte, porque él acaba de llegar ahora de Valladolid, de dar cima a una peligrosa aventura, en que ha muerto él solo más de docientos caballeros, sin más armas que una maza que trae de acero colado. Por tanto, mandadme dar luego la respuesta, para que vuelva con ella al gigante, mi señor.

Antes que don Quijote respondiese, se llegó don Carlos a su negro y disfrazado secretario, diciéndole:


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