El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Al decir esto, quiso volver la grupa de su caballo; pero no pudo, porque éste se le armó, de modo que, a pesar de que cargábamos y disparábamos aprisa, no haciendo daño y lloviendo sobre nosotros los balazos, temíamos nos cogieran con arma blanca, porque se iban acercando a nosotros los tres viandantes a todo trapo, sin tener miedo a nuestras escopetas.
Entonces el Aguilucho se echó a tierra, matando a su caballo de un culatazo que le dio en la cabeza, y al subir a las ancas del mío, le dispararon una bala tan bien dirigida, que le pasó las sienes y cayó muerto.
Casi por mi cuerpo pasó la bala, pues me llevó un pedazo de la cotona. La sangre del infeliz Aguilucho salpicó mi ropa. Yo no tuve más lugar que decirle:
–Jesús te valga –y viéndome solo y con tantos enemigos encima, arrimé las espuelas a mi caballo y eché a huir por aquel camino más ligero que una flecha. La fortuna fue que el caballo era excelente y corría tanto como yo quería. Ello es que al cuarto de hora ya no veía ni el polvo de mis perseguidores.
Extravié veredas, y aunque pensé ir a dar el triste parte de lo acaecido a las madamas de la casa, no me determiné, ya porque no sabía el camino, y ya porque, aunque lo hubiera sabido, temía mucho volver a aquellas desgraciadas guaridas.