El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Según este sistema, y con mis amplias facultades, dispuso Anselmo mi recibimiento y el festejo según quiso y sin perdonar gasto. Como a las seis y media de la mañana llegué a San Agustín, y me encontré en la sala de mi casa a mi novia vestida de túnico y mantilla negra, acompañada de sus padres; a Anselmo con su esposa y familia; a Andrés con la suya, y los criados de siempre.

Luego que pasaron las primeras salutaciones que prescribe la urbanidad, envió Anselmo a avisar al señor cura, quien inmediatamente fue a casa con los padres vicarios, los monacillos y todo lo necesario para darnos las manos. Se nos leyeron las amonestaciones privadas, se nos ratificó en nuestros dichos, y se concluyó aquel acto con la más general complacencia.

Al instante pasamos a la iglesia a recibir las bendiciones nupciales y a jurarnos de nuevo nuestro constante amor al pie de los altares.

Concluido el augusto sacrificio, nos volvimos a esperar al señor cura y a los padres vicarios. Se desnudó mi esposa de aquel traje, y mientras que la madrina la vestía de boda, entré yo en la cocina para ver qué tal disposición tenía Anselmo; mas éste lo hizo todo de tal suerte, que yo, que era el dueño de la función, me sorprendía con sus rarezas.

Una de ellas fue no hallar ni lumbre en el brasero. Salí a buscarlo bien avergonzado, y le dije:


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