El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Luego que el músico recibió el recado, salió a la calle, y a poco rato volvió con tres niños y seis músicos de flauta, violín y clave, y entró con ellos a la recámara.
Nos sorprendimos todos con esta escena inesperada, y más cuando comenzaron también los niños a entonar con sus dulces voces, y acompañados de la música, un himno compuesto para esta hora por el mismo don Pedro.
Nos enternecimos bastante en medio de la admiración con que ponderábamos el acierto con que nuestro amigo se hacía menos amargo aquel funesto paso. El padre Pelayo decía:
–Vean ustedes, mi amigo sí ha sabido el arte de ayudarse a bien morir. Con cualquier poco conocimiento que conserve, ¿cómo no le despertarán estas dulces voces y esta armoniosa música los tiernos efectos que su devoción ha consagrado al Ser Supremo?
En efecto, se cantó el siguiente:
Eterno Dios, inmenso,
omnipotente, sabio, justo y santo,
que proteges benigno
los seres que han salido de tus manos:
el debido homenaje
a tu alta majestad te rindo grato,
porque en mis aflicciones
fuiste mi escudo, mi sostén, mi amparo.
