El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I -Por lo que toca a lo que usted me pide acerca de que le instruya de los mejores autores físicos, le digo que no es menester apuntito, porque son muy pocos los que he de aconsejar a usted que lea, y fácilmente los puede encomendar a la memoria. Procure usted leer la Física experimental de los abates Para y Nollet, las Recreaciones filosóficas del padre don Teodoro de Almeida, el Diccionario de física y el Tratado de física de Brisson. Con esto que usted lea con cuidado tendrá bastante para hablar con acierto de esta ciencia en donde se le ofrezca, y si a este estudio quisiere añadir el de la historia natural, como que es tan análogo al anterior, podrá leer con utilidad el Espectáculo de la Naturaleza por Pluche, y con más gusto y fruto la Historia natural del célebre Conde de Buffon, llamado por antonomasia el Plinio de Francia. Estos estudios, amiguito, son útiles, amenos y divertidos, porque el entendimiento no encuentra en ellos lo abstracto de la teología, la incertidumbre de la medicina, lo intrincado de las leyes, ni lo escabroso de las matemáticas. Todo llena, todo deleita, todo embelesa y todo enseña, así en la física como en la historia natural. Es estudio que no fatiga y ocupación que no cansa. La doctrina que ministra es dulce, y el vaso en que se brinda es de oro. Los que miran el universo por la parte de afuera, se sorprenden con su primorosa perspectiva; pero no hacen más que sorprenderse como los niños cuando ven la primera vez una cosa bonita que les divierte. El filósofo, como ve el universo con otros ojos, pasa más allá de la simple sorpresa: conoce, observa, escudriña y admira cuanto hay en la Naturaleza. Si eleva su entendimiento a los cielos, se pierde en la inmensidad de esos espacios llenos de la majestad más soberana; si detiene su consideración en el sol, mira una mole crecidísima de un fuego vivísimo penetrante e inextinguible, al paso que benéfico e interesante a toda la Naturaleza; si observa la luna, sabe que es un globo que tiene montes, mares, valles, ríos, como el globo que pisa, y que es un espejo que refleja la brillante luz del sol para comunicárnosla con sus influencias; si atiende a los planetas como Venus, Mercurio, Marte y la restante multitud de astros, ya fijos, ya errantes, no contempla sino una prodigiosa infinidad de mundos, ya luminosos, ya iluminados, ya soles, ya lunas que observan constantemente los movimientos y giros en que la sabia Omnipotencia les prescribió desde el principio; si su consideración desciende a este planeta que habitamos, admira la economía de su hechura; mira el agua pendiente sobre la tierra, contenida sólo con un débil polvillo de arena, los montes elevados, las cascadas