El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I De todos los cuatro yo era el menos jinete, o como dicen, el más colegial; con esto, me hacían mil travesuras en el campo, como colearme los caballos, maneármelos, espantármelos, y cuanto podían para que, a pesar de ser mansos, se alborotasen y me echaran al suelo, como lo hacían sin mucha dificultad a cada instante; de suerte que aunque los golpes que yo llevaba eran ligeros y de poco riesgo por ser en las hierbas, o en la arena, sin embargo fueron tantos que no sé cómo no bastaron a acobardarme. Bien que mis buenos amigos, después que reían a mi costa cuanto querían, me consolaban contándome las caídas que habían llevado para aprender, y añadían: “No te apures, hombre, esto no es nada; pero aunque en cada caída te quebraras una pierna, o se te sumiera una costilla, lo debías tener a mucha dicha cuando vieras lo que aprovechan estas lecciones de los caballos para tenerse bien en ellos; porque, amigo, no hay remedio, los golpes hacen jinete; y tú mismo advertirás que ya no estás tan lerdo como antes; no, ya te tienes más y te sientas mejor, y si duras otro poco en la hacienda, nos has de dar a todos ancas vueltas.”