El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I ¿No es verdad? ¿No conoces tú. que si te pusieras a llevar un navío a Cádiz, a Cavite o a otro puerto, con las luces que tienes de pilotaje (que son ningunas) seguramente darías con la embarcación infeliz que se te confiara en un banco, en un arrecife o en un golfo, sin llegar jamás al puerto de su destino? Esto lo debes comprender porque la comparación es muy sencilla. Pues lo mismo sucede a estos infelices vicarios Lárragos a secas, que apenas saben absolver a un pecador común (como los indios que no saben más que llevar una canoa a Ixtacalco). Ellos, los pobres, son ciegos, y las almas que aspiran a entrar por la vía de la perfección también son ciegas, y necesitan una buena guía que las dirija. No la hallan en los directores modorros, y sucede que (a no ser por un favor especial de la gracia) ellas o se entibian o se pierden; y las guías o se confunden o se precipitan en los errores de la ilusión que ellas les comunican. Ésta es una verdad terrible, pero es una verdad que no negará ningún sacerdote sabio. Yo, lo que veo (y que confirma mi opinión en el particular) es: que los sacerdotes virtuosos, sanos y doctos son muy escrupulosos para confesar y dirigir monjas y otras almas espirituales, y cuando las dirigen son muy eficaces para no dejar de la mano la sonda de la doctrina y la prudencia. A más de esto, consultan con el teólogo por esencia, con Dios digo, en los ratos de oración que tienen, y como saben que deben hacer cuantas diligencias humanas estén en su arbitrio para conseguir el acierto, consultan las dudas que tienen con otros varones sabios y espirituales. Esto veo, y esto me