El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I -Cállate dijo mi madre-: como tú no quieres al pobre muchacho, aunque haga milagros te han de parecer mal. Sus defectos sí los crees aunque no los veas; pero de su virtud dudas, aun mirándola con los ojos. Bien dicen: en dando en que un perro tiene rabia, hasta que lo maten.
-¿Qué estás hablando, hija? -decía mi padre-. ¿Qué virtud estoy mirando yo, ni jamás he visto en Pedro?
-¿Qué más prueba de virtud que esa patente? -decía mi madre.
-No, esta patente no prueba virtud -replicaba mi padre-; lo que prueba es que tuvo habilidad para engañar al provincial hasta arrancársela por sus fines particulares.
-Tú harás y dirás todo eso por no gastar en el hábito y en la profesión; pero para eso no es menester que quites de las piedras para poner en mi hijo. Aún tiene tíos, y cuando no, yo pediré los gastos de limosna.
Así se explicó mi madre, a quien mi padre, con mucha prudencia, contestó: