El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I A la noche me llamó mi padre a solas, me hizo mil preguntas, a las que yo contesté amén, amén, con la misma hipocresía que al provincial; me echó su merced mi buen sermón, explicándome qué cosa era la vida de un religioso; cuál la perfección de su estado; cuáles sus cargos; cuán temibles son las resultas que se debe prometer el que abraza sin vocación un estado semejante, y qué sé yo qué otras cosas, todas ciertas, justas, muy bien dichas y para mi bien; pero esto es lo que los muchachos oyen con menos atención, y así no es mucho se les olvide pronto. Ello es que yo estuve en el sermón, con los ojos bajos y con una modestia tal que ya parecía un novicio. Tan bien hice el papel que mi padre creyó que era la pura verdad, y me ofreció ir por la mañana a ver al padre provincial; me dio su bendición, le besé la mano y nos fuimos a acostar.
Yo dormí muy contento y satisfecho, porque los había engañado a todos, y me había escapado de ser aprendiz o soldado.
Al otro día cuando me levanté, ya mi padre había salido de casa, y cuando volvió a ella al mediodía me dijo delante de mi madre:
-Señor Pedrito, ya vi al provincial; ya está todo en corriente, y de aquí a ocho días, dándome Dios vida, tomaras el hábito.
Mi madre se alegró, y yo fingí alegrarme más con la noticia.