El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Yo era maleta, y luego con las visitas y persuasiones de este tuno me pervertía más y más, y llegué a tanto grado de desidia que no hacía cosa a derechas de cuantas me mandaba la obediencia. Si salía a acolitar, estaba en el altar inquietísimo; mi cabeza parecía molinillo, y no paraban mis ojos de revisar a cuanta mujer había en la iglesia; si barría el convento lo hacía muy mal; si servía el refectorio, quebraba los platos y escudillas; si me tocaba algún oficio en el coro, me dormía; finalmente, todo lo hacía mal, porque todo lo hacía de mala gana. Con esto, raro era el día que no entraba al refectorio con la almohada, la escoba o los tepalcates colgados, con un tapaojos o con otra señal de mis malas mañas y de las ridiculeces de los frailes, como yo decía.

Los primeros días se me asentaba la silla un poco, esto es, se me hacían pesadas semejantes burlas y mojigangas, como yo las llamaba, siendo su propio nombre penitencias; pero después me fui connaturalizando con ellas, de modo que se me daba tanto de entrar al coro o refectorio con una sarta de guijarros, pendiente del cuello, como si llevara un rosario de Jerusalén.



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