El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Pero los malos hijos no sólo no veneran a sus padres, sino que los insultan, y, lejos de socorrerlos y alimentarlos, les disipan cuanto tienen, los abandonan y los dejan perecer en la miseria. ¡Ay de tales hijos! Y ¡ay de mí!, que fui uno de ellos, y a fuerza de disgustos y sinsabores di con mi pobre madre en la sepultura, como lo veréis en el capítulo que sigue.
ESCRIBE PERIQUILLO LA MUERTE DE SU MADRE, CON OTRAS COSILLAS NO DEL TODO DESAGRADABLES
¡Con qué constancia no está la gallina lastimándose el pecho veinte días sobre los huevos!
Cuando los siente animados, ¡con qué prolijidad rompe los cascarones para ayudar a salir a los pollitos! Salidos éstos, ¡con qué eficacia los cuida! ¡Con qué amor los alimenta!
¡Con qué ahínco los defiende! ¡Con qué cachaza los tolera, y con qué cuidado los abriga!
Pues a proporción hacen esto mismo con sus hijos la gata, la perra, la yegua, la vaca, la leona y todas las demás madres brutas. Pero cuando ya sus hijos han crecido, cuando ya han salido (digámoslo así) de la edad pueril, y pueden ellos buscar el alimento por sí mismos, al momento se acaba el amor y el chiqueo, y con el pico, dientes y testas, los arrojan de sí para siempre.
