El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I El que tenga patronos que lo defiendan y prosélitos que lo sigan, no es del caso. Todo vicio los tiene sin que por eso pueda calificarse de virtud, y tanto menos vigor tienen sus apologías cuanto que no las dicta la razón, sino el sórdido interés y declarado egoísmo.
¿Quiénes son la gente que apoya el juego y lo defiende con tanto ahínco? Examínese, y se verá que son los fulleros, los inútiles y los holgazanes, ora considérense pobres, ora ricos, y de semejante clase de abogados es menester que se tenga por sospechosa la defensa, siquiera porque son las partes interesadas.
Decir que el juego es lícito porque es útil a algunos individuos, es un desatino. Para que una cosa sea lícita no basta que sea útil; es menester que sea honesta y no prohibida. En el caso contrario, podría decirse que eran lícitos el robo, la usura y la prostitución, porque le traen utilidad al ladrón, al usurero y a la ramera. Esto fuera un error; luego defender el juego por lícito con la misma razón es también el mismo error.
Pero, sin ahondar mucho, se viene a los ojos que esta decantada utilidad que perciben algunos, no equivale a los perjuicios que causa a otros muchos. ¿Qué digo no equivale? Es enormemente perjudicialísima a la sociedad.