El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Con estos temores trataron de que viniese el capellán, como sucedió en efecto. Me confesé con harto miedo; porque al ver tanto preparativo, yo también tragué que me moría; pero mi miedo no hizo mejor mi confesión. Ya se ve, ella fue de prisa, sin ninguna disposición, y entre mil dolores; ¿qué tal saldría ella? Mala de fuerza. Confesión de apaga y vámonos.
Apenas se acabó, trajeron el Viático, y yo cometí otro nuevo sacrilegio, y conocí cuán contingentes son las últimas disposiciones cristianas cuando se hacen en un lance tan apurado como el mío.
En estas cosas serían ya las once de la noche. Yo no había querido tomar nada de alimento, porque no lo apetecía, ni menos podía conciliar el sueño por los agudos dolores que padecía, pues no tenía, como dicen, hueso sano; pero, sin embargo, la sangre se detuvo y un practicante me tomó el pulso, me hizo morder una cuchara y hacer no sé qué otras faramallas, y decretó que no moría en la noche.
Con esta noticia se fueron a acostar los enfermeros, dejándome junto a la cama una escudilla con atole y un jarrito con bebida para que yo la tomara cuando quisiera.