El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Me levanté harto de sueño, pero necesitado del estómago, cuya necesidad satisfice a expensas del piadoso preso, quien luego que se concluyó nuestra mesa frugal, me dijo:
-Amigo, creeré que a pesar de los trabajos que ha sufrido usted, aún le habrá quedado gana de acabar de saber el origen de los míos.
Yo le dije que sí, porque, a la verdad, su plática era un suave bálsamo que curaba mi espíritu afligido; y don Antonio continuó el hilo de su historia de esta suerte:
-Me acuerdo -dijo- que quedamos en que salí de esta ciudad con mis mulas y arrieros, quedándose en ella mi esposa en casa de la tía vieja, sin más compañía de su parte que el mozo Domingo.
Quisiera no acordarme de lo que sigue, porque sin embargo del tiempo que ha pasado, aún sienten dolor al tocarlas las llagas de mis agravios, que ya se van cicatrizando; mas es preciso no dejar a usted en duda del fin de mi historia, tanto porque; se consuele al ver que yo sin culpa he pasado mayores trabajos, cuanto porque aprenda a conocer el mundo y sus ardides.