El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I ¿quién ha de ser tan sinvergüenza que deje dedicarse una obra; desempolvar los huesos de sus abuelos; levantar testimonios a sus ascendientes; rastrear sus genealogías; enredarlos con los Pelayos y los Guzmanes; mezclar su sangre con la de los reyes del Oriente; ponderar su ciencia; separarlo enteramente de la común masa de los hombres y divinizarlo en un abrir y cerrar de ojos? Y, por último, ¿quién será –repetía yo al amigo- tan indolente, que viéndose lisonjeado, a roso y a velloso ante faciem populi[1] y no menos que en letras de molde, se maneje con tanta mezquindad que no me costee la impresión, que no me consiga un buen destino, o, cuando todo turbio corra, que no me manifieste su gratitud con una docenita de onzas de oro para una capa, pues no merece menos el ímprobo trabajo de inmortalizar el nombre de un mecenas?
-¿Y a quién piensas dedicar tu obrita? –me preguntó mi amigo.
-A aquel señor que yo considerase se atreviera a costearme la impresión.
-¿Y a cuánto podrán abonar sus costos? –me dijo.
-A cuatro mil y ciento y tantos pesos, por ahí, por ahí.
