El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I -Anda, hija desnúdate y vete con nana Clara, que ella te impondrá de lo que has de hacer.
Fuese ella muy humilde, y cuando estuvimos solos, me dijo Chanfaina:
-Periquillo, me debes dar las albricias por esta nueva criada que he traÃdo; ella viene de recamarera y te vas a ahorrar de algún quehacer, porque ya no barrerás, ni harás la cama, ni servirás la mesa, ni limpiarás los candeleros, ni harás otras cosas que son de tu obligación, sino solamente los mandados. Lo único que te encargo es que tengas cuidado con ella, avisándome si se asoma a balcón muy seguido, o si sale o viene alguno a verla cuando no estuviere yo en casa. En fin, tú cuÃdala y avÃsame de cuanto notares. Pues, porque al fin es mi criada, está a mi cargo, tengo que dar cuenta a Dios de ella y no soy muy ancho de conciencia, ni quiero condenarme por pecados ajenos. ¿Entiendes?
-SÃ, señor –le contesté, riéndome interiormente de la necedad con que pensaba que era yo capaz de tragar su hipocresÃa.