El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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-Pues yo sí te conozco, y conocí a tus padres y les debí mil favores. Yo me llamo Agustín Rapamentas; afeité al difunto señor don Manuel Sarmiento, tu padrecito, muchos años, sí, muchos, sobre que te conocí tamañito, hijo, tamañito; puedo decir que te vi nacer; y no pienses que no; te quería mucho y jugaba contigo mientras que tu señor padre salía a afeitarse.

-Pues, señor don Agustín -le dije-, ahora voy recordando especies, y, en efecto, es así como usted lo dice.

-¿Pues, qué haces aquí, hijo, y en este estado? -me preguntó.

-¡Ay, señor! -le respondí remedando el llanto de las viudas-. Mi suerte es la más desgraciada; mi madre murió dos años hace; los acreedores de mi padre me echaron a la calle y embargaron cuanto había en casa; yo me he mantenido sirviendo a este y al otro; y hoy el amo que tenía, porque la cocinera echó el caldo frío y yo lo llevé así a la mesa, me tiró con él y con el plato me rompió a cabeza y, no parando en esto su cólera, agarró el cuchillo y corrió tras de mí, que a no tomarle yo la delantera no le cuento a usted mi desgracia.

-¡Mire qué picardía! -decía el cándido barbero-. Y ¿quién es ese amo tan cruel y vengativo?

-¿Quién ha de ser, señor? -le dije-. El mariscal de Birón.


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