El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Cené aquella noche mejor de lo que pensaba, y al día siguiente me dijo el maestro:

-Hijo, aunque ya eres grande para aprendiz (tendría yo diecinueve o veinte años; decía bien), si quieres, puedes aprender mi oficio, que si no es de los muy aventajados, a lo menos da qué comer; y así, aplícate que yo te daré la casa y el bocadito, que es lo que puedo.

Yo le dije que sí, porque por entonces me pareció conveniente; y según esto, me comedía a limpiar los paños, a tener la bacía y a hacer algo de lo que veía hacer al aprendiz.

Una ocasión que el maestro no estaba en casa, por ver si estaba algo adelantado, cogí un perro, a cuya fajina me ayudó el aprendiz, y atándole los pies, las manos y el hocico, lo sentamos en la silla amarrado en ella, le pusimos un trapito para limpiar las navajas y comencé la operación de la rasura. El miserable perro oponía sus gemidos[68] en el cielo.

¡Tales eran las cuchilladas que solía llevar de cuando en cuando!


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