El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I El comisionado y el escribano breve y sumariamente sustanciaron el proceso, como que yo estaba confeso y convicto. Querían llevarme a la cárcel, pero informados de que no era oficial, sino un aprendiz bisoño, me dejaron en paz, cargando a mi amo toda la culpa, de la que sufrió por pena la exhibición de doscientos pesos de multa en el acto, con apercibimiento de embargo, caso de dilación; notificándole el comisionado de parte del tribunal y bajo pena de cerrarle la botica, que no tuviera otra vez aprendices en el despacho, pues lo que acababa de suceder no era la primera, ni sería la última desgracia que se llorara por los aturdimientos de semejantes despachadores.
No hubo remedio: el pobre de mi amo subió en el coche con aquellos señores, poniéndome una cara de herrero mal pagado, y mirándome con bastante indignación, dijo al cochero que fuera para su casa, donde debía entregar la multa. Yo, apenas se alejó el coche un poco, entré a la trasbotica, saqué un capotillo que ya tenía y mi sombrero, y le dije al oficial:
-Don José, yo me voy, porque si el amo me halla aquí, me mata. Déle usted las gracias por el bien que me ha hecho, y dígale que perdone esta diablura, que fue un mero accidente.