El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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Vamos, no seas tonto, guárdala o quémala, y no pienses en hallar protección, porque primero perderás el juicio. Ya parece que veo que gastas el dinero que no tienes en hacer poner en limpio y con mucha curiosidad tus cuadernos; que echas el ojo para dedicarlos al conde H, creyendo que porque es conde, que porque es rico, que porque es liberal, que porque gasta en un coche cuatro mil pesos, en un caballo quinientos, en un baile mil, en un juego cuanto quiere, admitirá benigno tu agasajo, te dará las gracias, te ofrecerá su protección, te facilitará la imprenta, o te dará, cuando menos, una buena galita, como dijiste. Fiado en esto, vas a su casa, rastreas a sus parientes, indagas su origen, buscas en el diccionario de Moreri alguna gran casa que tenga alusión con su apellido, lo encajas en ella quiera que no quiera, levantas mil testimonios a sus padres, lo haces descender de los godos, y le metes en la cabeza que es de sangre real y pariente muy cercano de los Sigericos, Turismundos, Theudiselos y Athanagildos; a bien que él no los conoció, ni nadie se ha de poner a averiguarlo. Últimamente, y para decirlo de una vez y bien claro, trabajas cuanto puedas para hacerle una barba de primera clase; y ya concluida la dedicatoria, vas muy fruncido y se la pones a sus plantas. Entonces el señor, que ve aquel celemín de papel escrito, y que sólo por no leerlo, si se lo mandaran, daría cualquier dinero, se ríe de tu simpleza. Si está de mal humor, o no te permite entrar a verlo, o te echa noramala luego que penetra tu designio; pero si está de buenas, te da las gracias y te dice que hagas lo que quieras de la dedicatoria; peor que los insurgentes… que las guerras y las actuales críticas circunstancias no le permiten serte útil por entonces para nada. Sales tú de allí todo mohíno, pero no desesperado. Vas y acometes con las mismas diligencias al marqués K, y te pasa lo mismo; ocurres al rico G, y te acontece lo propio; solicitas al canónigo T, ídem;


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