El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I ¡Espíritu de mi infeliz consorte, no me demandes ante Dios los injustos disgustos que te causé; recibe, sí, en recompensa de ellos, los votos que tengo ofrecidos por ti al Dueño de las misericordias ante sus inmaculados altares!
Por último, después de una escena que no soy capaz de pintar con sus mismos colores, me quitaron de allí por la fuerza, y al cuerpo de mi esposa se le dio sepultura no sé cómo, aunque presumo que tuvo en ello mucha parte el empeño y diligencia del tío fraile.
Mi suegra, luego que se acabó el funeral (sepultándose con el cadáver el desgraciado fruto de su vientre), se despidió de mí para siempre, dándome las gracias por las buenas cuentas que le había dado de su hija; y yo aquella noche, no pudiendo resistir a los sentimientos de la Naturaleza, me encerré en el cuartito a llorar mi viudez y soledad.
Entregado a las más tristes imaginaciones no pude dormir ni un corto rato en toda la noche, pues apenas cerraba los ojos cuando despertaba estremeciéndome, agitado por el pavor de
mi conciencia, que me representaba con la mayor viveza a mi esposa, a la que creía ver junto a mí, y que, lanzándome unas miradas terribles, me decía: