El Periquillo Sarniento. Tomo I
El Periquillo Sarniento. Tomo I Sería menester cerrar los ojos y taparse los oídos si estampara yo en este lugar las atrocidades que cometimos entre los dos en menos de un año, según fueron de terribles y escandalosas; sin embargo, diré las menos, y las referiré de paso, así para que los lectores no se queden enteramente con la duda, como para que gradúen por los menos malos cuáles serían los crímenes más atroces que cometimos.
Siempre en los pueblos hay algunos pobretones que hacen la barba a los subdelegados con todas sus fuerzas, y procuran ganarse su voluntad prostituyéndose a las mayores vilezas.
A uno de éstos le daba dinero el subdelegado por mi mano para que fuera a poner montes de albures, avisándonos en qué parte. Este tuno cogía el dinero, seducía a cuantos podía y nos enviaba a avisar en dónde estaba. Con su aviso formábamos la ronda, les caíamos, los encerrábamos en la cárcel y les robábamos cuanto podíamos; repitiendo estos indignos arbitrios, y el pillo sus viles intrigas cuantas veces queríamos.
Contraviniendo a todas las reales órdenes que favorecen a los indios, nos servíamos de estos infelices a nuestro antojo, haciéndoles trabajar en cuanto queríamos y aprovechándonos de su trabajo.