El Periquillo Sarniento. Tomo I

El Periquillo Sarniento. Tomo I

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En estas funestas consideraciones y nada pánicos temores pasaba algunos ratos del día, hasta que al cabo de un mes, viendo que nada adverso sucedía, los fui desechando poco a poco y haciéndome, como dicen, a las armas en tal grado que ya me era gustosa la navegación, pues en las noches de luna reflejaba ésta en las ondas, haciéndolas lucir como si fueran un espejo, lo que, junto con los repetidos celajes que se observaban por los horizontes, nos divertía bastante, y más cuando el viento que soplaba en la popa era el que se quería para navegar aprisa y sin riesgo de nortes tempestuosos, pues entonces, descansando de maniobrar los marineros, gustábamos todos ya de la conversación de los comerciantes, oficialidad y pasajería decente que subían sobre cubierta a gozar de la hermosa noche, ya de los que tocaban y cantaban, y ya de la naturaleza pacífica cual se nos manifestaba en aquellos ratos.

Me acuerdo que en uno de ellos se puso a platicar conmigo un comerciante que se había hecho mi amigo, porque había menester la protección del coronel en Manila y veía la estimación que yo disfrutaba de él. En la conversación le conté los trabajos que había padecido en el discurso de mi vida, exagerándolos sin motivo.

Él lo escuchaba todo con fría indiferencia, lo que no dejó de escandalizarme; y por ver si era genial o lo afectaba, le dije:


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