Vida y hechos del famoso caballero Don Catrin de la Fachenda
Vida y hechos del famoso caballero Don Catrin de la Fachenda Una vez que andaba vestido de catrín y sin medio real, encontré a una mujer que vendía un hilo de perlas en el Parián, y pedía por él ochenta pesos. Ajusté el dicho hilo en sesenta y ocho; la mujer convino en el ajuste; la llevé a un convento, diciéndole que lo vería mi tío el provincial, que era quien me lo había encargado para mi hermana su sobrina. La buena mujer me creyó sobre mi frac y mi varita; me dio el hilo; se fue conmigo al convento; la dejé esperando en la portería su dinero, y yo, como los cuentos, entré por un callejoncito y salí por otro; esto es, entré por la portería y salí por la puerta falsa. La zonza aún me estará aguardando. Yo en la tarde vendí el hilo en treinta pesos a un pariente marcial, que al ver la barata lo compró sin pedirme fiador ni mosquearse para nada, después que le advertí que no lo vendiera en México. Tales eran mis ingeniadas. ¿Y esto no prueba un talento desmedido, una conducta arreglada y un mérito sobresaliente? Que respondan los catrines y los pillos.
En una de estas vueltas de mi buena suerte, estando en un café, fue entrando el pobre Tarabilla, mi antiguo amigo y compañero de armas y de vivienda, de quien os hablé en el capítulo tercero; pero ¡cómo entró el infeliz!, con un uniforme viejo de teniente retirado y con dos muletas, porque estaba cojo de remate.
—Catrín, amigo —me dijo—, ¿aquí estás?