La comedia nueva
La comedia nueva DON PEDRO.—Adiós, señores. (Se encamina hacia la puerta. DON ANTONIO se levanta y procura detenerle).
DON ANTONIO.—¿Se va usted, don Pedro?
DON PEDRO.—Pues ¿quién, si no usted, tendrá frescura para oír eso?
DON ANTONIO.—Pero si el amigo don Hermógenes nos va a probar con la autoridad de Hipócrates y Martín Lutero que la pieza consabida, lejos de ser un desatino…
DON HERMÓGENES.—Ese es mi intento: probar que es un acéfalo insipiente cualquiera que haya dicho que tal comedia contiene irregularidades absurdas, y yo aseguro que delante de mí ninguno se hubiera atrevido a propalar tal aserción.
DON PEDRO.—Pues yo delante de usted la propalo, y le digo que por lo que el señor ha leído de ella y por ser usted el que la abona, infiero que ha de ser cosa detestable; que su autor será un hombre sin principios ni talento, y que usted es un erudito a la violeta, presumido y fastidioso hasta no más. Adiós, señores. (Hace que se va y vuelve).
DON ELEUTERIO.—Pues a este caballero le ha parecido muy bien lo que ha visto de ella. (Señalando a DON ANTONIO).