La comedia nueva
La comedia nueva DON ELEUTERIO.—Al instante.
DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON SERAPIO, DON HERMÓGENES.
DOÑA MARIQUITA.—¡Qué inquietud! ¡Qué ir y venir! No para este hombre.
DOÑA AGUSTINA.—Todo se necesita, hija; y si no fuera por su buena diligencia y lo que él ha minado y revuelto, se hubiera quedado con su comedia escrita y su trabajo perdido.
DOÑA MARIQUITA.—¿Y quién sabe lo que sucederá todavía, hermana? Lo cierto es que yo estoy en brasas; porque, vaya, si la silban, yo no sé lo que será de mí.
DOÑA AGUSTINA.—Pero ¿por qué la han de silbar, ignorante? ¡Qué tonta eres y qué falta de comprensión!
DOÑA MARIQUITA.—Pues siempre me está usted diciendo eso. (Sale PIPÍ por la puerta del foro con platos, botellas, etc. Lo deja todo en el mostrador y vuelve a irse por la misma parte). Vaya, que algunas veces me… ¡Ay, don Hermógenes! No sabe usted qué ganas tengo de ver estas cosas concluidas y poderme ir a comer un pedazo de pan con quietud a mi casa, sin tener que sufrir tales sinrazones.
DON HERMÓGENES.—No el pedazo de pan, sino ese hermoso pedazo de cielo, me tiene a mí impaciente hasta que se verifique el suspirado consorcio.
