La comedia nueva

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DOÑA MARIQUITA.—Ya ve usted, hermana, lo que ha venido a resultar. Si lo dije, si me lo daba el corazón… Mire usted qué hombre; después de haberme traído en palabras tanto tiempo y, lo que es peor, haber perdido por él la conveniencia de casarme con el boticario, que a lo menos es hombre de bien y no sabe latín ni se mete en citar autores, como ese bribón… ¡Pobre de mí! Con dieciséis años que tengo, y todavía estoy sin colocar; por el maldito empeño de ustedes de que me había de casar con un erudito que supiera mucho. Mire usted lo que sabe el renegado (Dios me perdone): quitarme mi acomodo, engañar a mi hermano, perderle y hartarnos de pesadumbres.

DON ANTONIO.—No se desconsuele usted, señorita, que todo se compondrá. Usted tiene mérito y no le faltarán proporciones mucho mejores que las que ha perdido.

DOÑA AGUSTINA.—Es menester que tengas un poco de paciencia, Mariquita.

DON ELEUTERIO.—La paciencia (Se levanta con viveza.) la necesito yo, que estoy desesperado de ver lo que me sucede.

DOÑA AGUSTINA.—Pero, hombre, ¿qué no has de reflexionar?…

DON ELEUTERIO.—Calla, mujer; calla, por Dios, que tú también…


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