A este lado del paraiso

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Mucho más que el abandono de su padre de las cosas mundanas despertó la curiosidad de Amory una conversación tripartita entre Beatrice, Mr. Barton —de la firma Barton and Krogman, sus abogados— y él mismo, que tuvo lugar algunos días después del funeral. Por primera vez tuvo conocimiento real de las finanzas de la familia para comprender la inmensidad de la fortuna que había estado en manos de su padre. Se cogió un legajo con el número 1906 y se lo leyó con cuidado. El gasto total de aquel año había sido superior a los ciento diez mil dólares. De ellos, cuarenta mil constituían la dotación de Beatrice, cuyo asiento estaba todo él contabilizado con el encabezamiento: «Créditos, cheques y letras de cambio a la orden de Beatrice Blaine». El resto estaba minuciosamente contabilizado; los impuestos y mejoras de la finca de Lake Geneva ascendían a casi nueve mil dólares; los gastos de casa, incluyendo el eléctrico de Beatrice y un coche francés, comprado aquel año, superaban los treinta y cinco mil dólares. Todo lo demás había sido esmeradamente anotado, e invariablemente los asientos del debe superaban a los del haber. Amory quedó conmovido al descubrir, en el volumen correspondiente a 1912, la disminución del número de obligaciones y el gran descenso de la renta. Ello no se acusaba en la cuenta de Beatrice, pero parecía evidente que el año anterior su padre había jugado al petróleo con poca fortuna. Se había quemado poco petróleo, pero en cambio Stephen Blaine había salido bastante chamuscado. El siguiente año y el siguiente y el siguiente evidenciaban similares descensos, hasta que Beatrice, por vez primera, empezó a hacer uso de su propio dinero para el gasto de la casa. Aun así, la cuenta del médico en el año 1913 había superado los nueve mil dólares.


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