A este lado del paraiso

A este lado del paraiso

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—Sí, pero parece que es pobre ahora; así dicen.

—De todos modos, tiene un aire distinguido, ¿verdad?

Y Clara resplandecía entre todo aquello. Amory pensaba que los comerciantes le hacían descuentos, a veces a sabiendas de ella y a veces sin que lo supiera. Vestía muy bien, se llevaba siempre lo mejor de la casa e inevitablemente era atendida por el encargado.

A veces iban el domingo a la iglesia; y, al pasear juntos, se regocijaba con sus húmedas mejillas, del rocío del nuevo día. Era muy devota, siempre lo había sido, y sólo Dios sabía hasta qué alturas se elevaba y qué fuerza recogía, al arrodillarse, con su cabello ondulado en la luz tornasolada.

—Santa Cecilia —exclamó él un día, de forma involuntaria; la gente se volvió a mirarle y el sacerdote detuvo su sermón mientras Clara y Amory enrojecían.

Fue su último domingo, porque aquella noche él lo echó todo a perder. No pudo evitarlo.

Paseaban en el crepúsculo de un marzo tan cálido que parecía junio, y una alegría juvenil colmaba su alma de tal manera que sintió la necesidad de hablar.

—Creo —dijo él con voz temblorosa— que si pierdo la fe en ti perderé la fe en Dios.


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