A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Todas las matinées de los miércoles y los sábados acudían a su butaca de primera fila. La frase era la siguiente:
«Si uno no puede llegar a ser un gran artista o un general, lo mejor es ser un gran criminal».
Amory se enamoró de nuevo y escribió este poema:
Marylyn y Sally
las chicas para mí.
Marylyn a Sally es superior
en tierno y profundo amor.
Le preocupaba si McGovern, de Minnesota, sería el primero o el segundo en el «americano cien por cien»; cómo hacer juegos de manos y cartas, las corbatas camaleónicas, cómo nacían los niños y, en fin, si Brown «Tres-Dedos» era realmente mejor pitcher que Christie Mathewson.
Entre otras cosas leyó: Por el honor del colegio, Mujercitas (dos veces), La ley de todos, Safo, El peligroso Dan McGrew, El camino real (tres veces), La caída de la casa Usher, Tres semanas, Mary Ware, la compañera del pequeño coronel, Gungha Din, La Revista Policiaca y Jim-Jam Jems.
Había hecho suyas las ideas de Henty sobre la historia y le encantaban las novelas policiacas de Mary Roberts Rinehart.