A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Un minuto más tarde, mientras sentado en el borde balanceaba sus pies en el vacío, una sombra cruzó a su lado; Rosalind, con sus brazos extendidos en un bonito salto del ángel, surcaba el aire en dirección al agua.
—Naturalmente, yo tenía que hacer lo mismo, después de eso, y a poco me mato. Pensaba que ya estaba bien como prueba porque nadie se atrevió a hacerlo. En cambio Rosalind tuvo la desfachatez de preguntarme por qué me había encogido al saltar. «Eso no facilita el salto» —dijo— «y le quita toda la gracia». Y yo me pregunto, ¿qué puede hacer un hombre con una mujer así? Todo es inútil, es lo que yo digo.
Gillespie no podía comprender por qué Amory sonreía durante toda la comida. Pensaba quizás que era uno de esos hueros optimistas.
(De nuevo en la biblioteca de la casa de los Connage. Rosalind está sola, sentada en el sofá, contemplando el vacío con pesadumbre. Ha cambiado de manera perceptible; parece un poco más delgada, por una sola razón: la luz de sus ojos no es tan brillante; se diría que tiene un año más. Entra su madre, vestida para ir a la ópera. Dirige a Rosalind una mirada nerviosa).
LA SEÑORA CONNAGE: ¿Quién viene esta noche?