A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Cuando, años después, Amory pensaba en Eleanor, le parecía todavía oír el viento que gemía a su alrededor, provocando pequeños escalofríos dentro de su corazón. La noche que subieron por la pendiente para observar una luna fría que flotaba sobre las nubes, perdió una parte de su ser que nunca podría ser restaurada; y, al tiempo que lo perdió, perdió asimismo el poder de lamentarlo. Eleanor fue —digamos— la última vez que el demonio se arrastró hasta Amory bajo la máscara de la belleza, el último sobrehumano misterio que le embargaba con salvaje fascinación y golpeaba en su alma hasta hacerla pedazos.
Con ella se desataba su imaginación, y por eso subieron hasta la colina más alta, para observar una luna demoníaca, porque ambos sabían que podían ver el demonio en los ojos del otro. Pero a Eleanor, ¿la soñó Amory? Y mucho después sus fantasmas seguían jugando, cuando ambos ya no anhelaban sino que sus almas no se volvieran a encontrar. ¿Fue la infinita tristeza de sus ojos lo que le atrajo o el espejo que encontró en la alegre claridad de su mente, donde mirarse él? Ella no habría de tener otra aventura como la de Amory y, si leyera esto, diría:
—Ni Amory tendrá otra aventura como la que vivió conmigo.