A este lado del paraiso

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Lentamente bajaron del pajar. Ella no permitió que le ayudara; y, apartándolo, con un gracioso salto alcanzó el blando barro donde se sentó por un instante, riéndose de sí misma. Luego se acercó a él; y, metiendo la mano entre las suyas, marcharon de puntillas por los campos, saltando por entre los charcos. Una trascendental delicia parecía brillar en ellos, pues se había levantado la luna, y la tormenta se había marchado hacia el occidente de Maryland. Cuando el brazo de Eleanor le tocó, sus manos se helaron con mortal terror de perder el sombrío pincel con que su imaginación pintaba maravillas de ella; ella era una fiesta y una locura, y él deseaba que su destino se limitara a sentarse con ella para siempre sobre su pajar y ver pasar la vida a través de sus ojos verdes. Su paganismo se elevó aquella noche; y cuando ella desapareció en la carretera como un espectro gris, de los campos surgió una profunda canción que le acompañó hasta su casa. Toda la noche, las mariposas de verano revolotearon alrededor de la ventana de Amory; toda la noche, suaves sonidos se balancearon en místico éxtasis sobre el fondo de plata, mientras él permanecía despierto en la clara penumbra.

Septiembre

Amory eligió cuidadosamente una brizna de hierba y la mordisqueó científicamente.

—Nunca me enamoro en agosto o septiembre —anunció.

—Entonces, ¿cuándo?


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