A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Bajo la marquesina de cristal del teatro, Amory contemplaba, inmóvil, cómo rompían las primeras grandes gotas de lluvia para convertirse en manchas oscuras sobre las baldosas de la acera. El aire se hizo gris y opalino; una luz solitaria señaló de repente una ventana; luego otra y un ciento más que bailaban y vacilaban. Bajo sus pies, un espeso y acerado reflejo se volvió amarillo; en la calle las luces de los taxis lanzaban destellos sobre el pavimento negro. El inoportuno noviembre había perversamente robado la última hora del día para encerrarla en aquella vieja guarida, la noche.
El silencio del teatro tras él terminó con un curioso estruendo, seguido de los murmullos de una muchedumbre y las charlas de muchas voces. La matinée había terminado.