A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Los números de las calles de Riverside Drive estaban ocultos por la niebla y los árboles que goteaban; pero Amory alcanzó a ver uno, el de la calle Ciento Veintisiete. Dejó el autobús y sin destino definido siguió una calle sinuosa y descendente hasta que llegó a la orilla del río, en particular un largo muelle dividido en embarcaderos de buques en miniatura: pequeñas barcas, canoas, veleros y motoras. Se volvió hacia el Norte, siguiendo la ribera; saltó un cerramiento de alambre y se encontró en una desordenada explanada junto a otro muelle. Los cascos de muchos barcos, en diferentes estados de reparación, le rodeaban; olía a serrín y pintura y al apenas distinguible olor neutro del Hudson. A través de la negra oscuridad se aproximó un hombre.
—Hola —dijo Amory.
—¿Tiene pase?
—No. ¿Esto es particular?
—Éste es el Hudson River Sporting and Yacht Club.
—¡Ah! No lo sabía. Estaba descansando.
—Bueno —empezó dubitativamente el hombre.
—Pero si quiere me voy.
El hombre hizo con la garganta un ruido que no le comprometía a nada y siguió su camino: Amory se sentó sobre una barca volcada, inclinado hacia adelante hasta que la barbilla descansó en la mano.