A este lado del paraiso
A este lado del paraiso —La teorÃa de que la gente se debe gobernar a sà misma descansa sobre este hombre. Si se le puede educar para que piense clara, concisa y lógicamente, librándole de su costumbre de buscar refugio en lugares comunes, prejuicios y sentimentalismos, entonces yo me haré socialista militante. Si no se puede, entonces no creo que importe mucho lo que ocurra al hombre y a sus sistemas, ahora o después.
—Me interesa y me divierte —dijo el grande—. Usted es muy joven.
—Lo cual quiere decir que ni he sido corrompido ni amedrentado por la experiencia. Tengo en mi haber la experiencia más valiosa, la experiencia de la raza, pues a pesar de haber ido al colegio me las arreglé para obtener una buena educación.
—Eso no está muy claro.
—Pero tiene mucho sentido —protestó Amory apasionadamente—. Ésta es la primera vez en mi vida que defiendo el socialismo. Es la única panacea que conozco. Estoy inquieto. Toda mi generación está inquieta. Estoy harto de un sistema en el que el hombre más rico pueda conseguir, si la desea, la mujer más guapa, donde el artista que no tiene un centavo ha de vender su talento a un fabricante de botones. Aun cuando yo no tuviera talento, no me gustarÃa trabajar diez años seguidos, condenado al celibato y a ciertos placeres furtivos, para que el hijo de un cualquiera tenga un automóvil.