A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Tenía conciencia de que Dios no estaba aún en su corazón; sus ideas eran todavía muy agitadas; prevalecía el dolor de la memoria, la pena por su perdida juventud; pero las aguas de la desilusión habían dejado un depósito en su alma, una responsabilidad y un amor a la vida, la pálida inquietud de viejas ambiciones y sueños no realizados. Pero…, ¡oh, Rosalind, Rosalind!…
—Cuando más, es una triste sustitución —dijo con honda tristeza.
Y no podía decir para qué servía la lucha, por qué había decidido hacer uso a ultranza de sí mismo y de la herencia de todas las personalidades que habían pasado…
Extendió los brazos hacia un cielo cristalino y radiante.
—Me conozco a mí mismo —gritó—, pero eso es todo.