A este lado del paraiso
A este lado del paraiso … En suma, una semana maravillosa, testigo de la consagración de la mente de Amory, de la confirmación de un centenar de sus teorÃas y de la cristalización de su apetito de vivir en mil habitaciones diferentes. No es que la conversación fuera un tanto académica —¡no, por Dios! Amory sólo tenÃa una idea muy vaga de quién era Bernard Shaw—, pero monseñor supo representar tanto al «amado vagabundo» como a «sir Nigel», cuidando de que Amory se sintiera siempre a sus anchas.
Pero ya estaban sonando los clarines que anunciaban la primera escaramuza de Amory con su propia generación.
—No te duela marcharte. Entre gente como nosotros —dijo monseñor— nuestro lugar está precisamente donde no estamos.
—Qué lástima…
—Nada de lástima. No hay en el mundo persona imprescindible para ti o para mÃ.
—Bueno…
—Adiós.