A este lado del paraiso
A este lado del paraiso —Me sentirÃa orgulloso de llevarla a casa y presentarla a mi familia.
Amory, evidentemente, estaba impresionado. Le habrÃa gustado decirlo en lugar de Paskert. Porque parecÃan palabras maduras.
—Pienso en esas actrices. ¿Serán todas malas chicas?
—No, señor, ni por asomo —respondió con énfasis el joven mundano—. Me atrevo a afirmar que esa chica es oro puro.
Pasearon mezclándose con la muchedumbre de Broadway, soñando con la música que remolineaba a la puerta de los cafés. Dentro y fuera llameaban caras nuevas como mirÃadas de luces, pálidas y encendidas, fatigadas pero sostenidas por su propia excitación. Amory las contemplaba fascinado. Ya estaba planeando su vida. VivirÃa en Nueva York, conocido en todos los cafés y restaurantes, elegantemente vestido desde la tarde hasta la madrugada, para dormir durante las largas y aburridas horas de la mañana.
—SÃ, señor, me casarÃa con esa mujer esta misma noche.