A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Al principio Amory sólo advirtió la intensidad del sol esmaltando los amplios y verdes prados y centelleando en las ventanas emplomadas, bañando las puntas de las agujas y las almenas de los muros. Poco a poco se fue dando cuenta de que caminaba por la plaza de la Universidad, inconsciente de su maleta, prodigando una cierta tendencia a mirar de frente cuando adelantaba a alguien. En algunas ocasiones habría jurado que la gente se volvía a mirarle con desprecio. Se preguntaba si habría algo raro en sus ropas, y deseó haberse afeitado aquella mañana en el tren. Se sentía inútilmente rígido y torpe entre tanto joven de franelas claras y cabeza descubierta que, a juzgar por el savoir faire con que paseaban, debían ser todos veteranos.